-VOLVER A NACER POR UN SUEÑO
Entre los indígenas Lakotas de los Estados Unidos, existía una tradición a la que se sometía a todos los adolescentes. Se les animaba a introducirse en el bosque sin armas y sin otra vestimenta que un taparrabos y un par de mocasines en búsqueda de un sueño. Hambriento, sediento y cansado, el chico debía esperar hasta el cuarto día de su viaje, para tener un sueño que le revelaría su destino final. Al volver al hogar, relataba a los ancianos de la tribu el contenido de su sueño, el cual era interpretado de acuerdo con una práctica legendaria. El sueño le anunciaba al chico si estaba destinado a ser un gran cazador o un buen guerrero, o un experto en la doma de caballos salvajes, quizá convertirse en un especialista en la fabricación de armas o un líder espiritual, un curandero o un sacerdote.
Si profundizamos este ritual a fin de comprender mejor su significado, caemos en cuenta que, para los Lakotas, la vocación es una aventura que requiere valentía para enfrentar la vida con la individualidad desnuda. Y llegar a reconocerla implica adentrarse en el bosque, aquella región llena de misterio y manifestación, de encanto y amenaza, donde convive la normalidad de la naturaleza con la magia de sus habitantes sobrenaturales, duendes, hadas, monstruos. Implica adentrarse en un lugar de paz y serenidad y también de riesgos y peligros. Implica adentrarse en el primer templo que reconocieron los pueblos que habitaron en regiones húmedas, para comunicarse con la divinidad. Implica adentrarse en un lugar que parece condensar la fecundidad espontánea de la tierra, lejos de la mirada del sol, como una secreta matriz, capaz de transmitir la existencia por segunda vez.
Descubrir la vocación para los Lakotas implica hacer un duro viaje, lleno de sacrificios, como padecer hambre, sed y cansancio. La palabra sacrificio tiene origen latino y se compone de sacrum = sagrado y facere = hacer. Por tanto, la tarea de encontrar la propia vocación es un hacer sagrado, que permite aprender que sin proyecto vital es como vivir sin el alimento que nutre, sintiéndose reseco y sin energías para vivir.
Pero, lo central en el camino de descubrir la vocación es llegar a tener un sueño, el que se recibe como una revelación inspiradora. Un sueño no es una recopilación de argumentos, no es un conjunto de razones, no es una pieza lógica. Un sueño es la expresión simbólica de una significativa intuición sobre sí mismo y contiene un mensaje, que aflora a la conciencia desde la profundidad germinal que nos sostiene. Es un mensaje que proviene de la misma fuente que nos llamó a la vida, pero en lugar de crearnos, ahora nos invita a ser creadores de más vida.
Este acontecimiento grandioso por el que nos reconocemos y nos comprendemos a nosotros mismos y nuestro papel en el mundo, no es una aventura exclusivamente individual, es una experiencia profundamente social, porque toda vocación implica reconocer lo mejor de nosotros mismos para ponerlo al servicio de lo mejor de la comunidad, la cual provee un saber acumulado que permite interpretar los signos apropiadamente, en un diálogo que teje lo viejo con lo nuevo, que reúne a los ancianos con los jóvenes, que anuda y da continuidad a lo que ya va terminando con lo que recién está empezando.
Para los Lakotas, acompañar a los jóvenes a reconocer su lugar en el mundo, consiste en ayudarles a oír la voz de las entrañas de la vida, la que en el letargo de la infancia, ha soportado una vigorosa elaboración silenciosa para ofrecer, llegado el momento, un fruto singular, una pasión que exige valentía individual, reverencia ante el misterio trascendente y comunión con la historia colectiva, para descubrirla y desplegarla en el tiempo.
Texto extraído del libro "El reclamo de los sueños, una mirada creyente sobre la vocación humana" por Ana María Díaz, Equipo TALITA KUM (Av. Jujuy 924, C.A. de Buenos Aires. Argentina. www.equipotalitakum.org.ar)

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